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LLAMADO Mons. ROMERO POR LA PAZ

02/03/2005

San Salvador Marzo de 2005

AMERICA LATINA EXIGE VIVIR EN PAZ

A los 25 años del asesinato de Monseñor Romero se escucha el eco de su voz profética: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño…” Monseñor Romero resucita no solo en la lucha del pueblo salvadoreño, también en la de las mujeres y hombres de América Latina, de sus obreros, campesinos, indígenas, afroamericanos, estudiantes e intelectuales, de las víctimas de la exclusión que trabajan por naciones soberanas, para que los derechos humanos y la justicia social sean una realidad.

América Latina es el continente más inequitativo del mundo. Esta situación se ha agravado y la pobreza se ha incrementado como resultado de la aplicación de un modelo de desarrollo que concentra la riqueza y generaliza la pobreza. Doscientos veinticuatro millones de latinoamericanos son pobres que viven con un ingreso inferior a dos dólares diarios. De allí la vigencia de lo sostenido por Monseñor Romero cuando denunciaba “la absolutización de la riqueza… la propiedad privada como un absoluto intocable y ¡ay del que toque ese alambre de alta tensión, se quema! No es justo que unos pocos tengan todo y lo absoluticen de tal manera que nadie lo pueda tocar, y la mayoría marginal se está muriendo de hambre”. (12 de agosto de 1979)

Pero no es cuestión solamente de pobreza material, también se ha empobrecido la valoración de la vida. Miles de latinoamericanos mueren como resultado de conflictos armados internos, de formas de represión policial y militar, o de otras formas de violencia como la exclusión que niega el acceso al agua potable, los alimentos y la salud. Monseñor Romero sostenía como fundamento esencial de su predicación “nada me importa tanto como la vida humana. Es algo tan serio y profundo, más que la violación de cualquier otro derecho humano, porque esa sangre no hace sino negar el amor, despertar nuevos odios, hacer imposible la reconciliación y la paz. ¡Lo que más se necesita hoy aquí es un alto a la represión!”. (16 de marzo de 1980).

Hoy, luego de décadas de guerras y de procesos de paz entendemos que estas guerras son alimentadas por los intereses de países poderosos que para aumentar y perpetuar sus privilegios vulneran las soberanías nacionales, se apropian de los recursos naturales, instrumentalizan organismos multilaterales para reproducir un modelo de desarrollo económico y social profundamente excluyente multiplicador de la inequidad, la miseria y la injusticia. Hemos aprendido que la paz es más que la ausencia de guerra, es también reconstrucción de la sociedad con criterios de justicia, equidad y democracia. Compartimos plenamente la tesis de Monseñor Romero quien ya hace un cuarto de siglo afirmaba: “Los conflictos violentos no desaparecerán hasta que no desaparezcan sus últimas raíces. Por lo tanto, mientras se mantengan las causas de la miseria actual y se mantengan la intransigencia de las minorías más poderosas que no quieren tolerar mínimos cambios, se recrudecerá más la explosiva situación. Por tanto la construcción de la justicia social es la tarea más urgente”. (Carta pastoral 6 de agosto de 1978)

En los últimos años se han producido cambios significativos: el orden bipolar de la guerra fría terminó y se consolidó la hegemonía política y militar de los Estados Unidos; se impuso la economía de mercado y la democracia ha sido reconocida como modelo de régimen político. Los atentados terroristas del 11 de septiembre en Nueva York y Washington condujeron a una redefinición de las concepciones de seguridad que ha implicado una tendencia a sacrificar la democracia en aras de la llamada lucha antiterrorista y vuelven a entregar a los militares las políticas de seguridad interna. En este nuevo contexto adquieren especial significación políticas como el Plan Puebla-Panamá, el Plan Colombia y la Iniciativa Regional Andina. Estos se articulan a proyectos de control de los mercados y de los recursos naturales como el agua, el petróleo y la biodiversidad, en una dinámica de la que forman parte los proyectos del ALCA y sus sustitutos bilaterales, los Tratados de Libre Comercio.

Estas condiciones hacen imperativo inspirarnos en el legado de Monseñor Romero, desarrollarlo y proyectarlo como una eficaz guía en la actividad de los movimientos sociales en defensa de la vida y la dignidad, en el rechazo a las tendencias a la militarización de las sociedades y en la defensa de la libertad y la democracia.

Nos reafirmamos en el principio de que la búsqueda de la paz es un proceso incluyente, de unidad en la diversidad, de respeto a las diferencias y a los derechos humanos. La paz exige la construcción de nuevas relaciones entre las naciones, respetuosas de la soberanía y de la diversidad de proyectos de nación, que en el marco de un comercio justo, hagan viable el desarrollo de los movimientos sociales y de gobiernos de nuevo signo como los que hoy se dan en algunos países del Continente.

Desde San Salvador, en este aniversario del sacrificio de Monseñor Romero, nos comprometemos a impulsar con renovado vigor la dimensión latinoamericana de su pensamiento, a luchar contra la violencia y las diversas formas de opresión que atentan contra la dignidad de los pueblos

En la perspectiva de actualizar el compromiso con los ideales que dieron sentido a la vida de Monseñor Romero proponemos consagrar el 24 de marzo como día Latinoamericano por la Paz con Justicia y Dignidad.

Así mismo convocamos al Foro Latinoamericano por la Paz con el objeto de avanzar en la reflexión y en la definición de los desafíos para la construcción de la paz en el Continente.

Junto con nuestros hermanos migrantes en Europa y Norteamérica, desde el Río Bravo hasta la Patagonia, pasando por Mesoamérica, el Caribe, los Andes y el Cono Sur somos hijos de la Patria grande que lucha por la justicia y construye la paz. En la brega por estos ideales nos alienta la presencia de Monseñor Romero.

Esta declaración promovida por la Red latinoamericana de constructores de Paz ha sido también firmada por otras organizaciones, redes y personalidades del continente.

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